miércoles, noviembre 26

La presencia ausente.


Ausente tan presente
en mi ausencia, 
retrato de ti
fragmentado en poemas
se refleja en el ojo,
lo rodea un espejo
como si no tuviera rostro,
madrugada y penumbra 
lo habitan

Mi corazón suspira 
cuando se asoma la travesura
dejando atrás la congoja,
invocas los dioses del amor
tras la sagrada conjura de tu lengua de fuego
el piano suena mientras acercas tus labios a los míos
ambicionando probar el divino licor de la pasión
pero me abruma el lloriqueo de los luceros 
clamando su desventura al saberte 
en ávido vuelo hacia mi matutino sol

Ausente tan presente
en mi ausencia, 
en el tiempo sin tiempo,
te busco con versos alados
mientras los cipreses gimen
sus otoñales colores 
cuando la tarde envejece.

Xiomara Beatriz  



viernes, noviembre 7

La casa sin ventanas .

Patty Maher.


El aroma a violetas ondula en la soledad del camino, sobre la orilla del río yace la agonía de la tarde. El vuelo de las aves se adelgaza en el horizonte como melancólicas remembranzas. Ese hábito de ir a rendir tributo diario al ocaso no puedo remediarlo, la luz se esparce con tonos rojizos con una descarada opulencia que me cautiva. Distingo el árbol fulminado por el tiempo que exhibe su tragedia en sus ramas, como largos dedos disecados, queriendo atrapar la vida de nuevo mientras una nívea barca como espectro sin consuelo flota enajenada en la cetrina corriente. Allí es el único lugar donde no me siento extranjera.


Se acelera la noche y la luz de los faroles denotan una ligera neblina y comienzo el regreso a casa. Experimento de nuevo esa angustiosa sensación de ser observada cuando atravieso la aislada vereda donde está la casa que no tiene ventanas. Siempre viene a mi mente esa incógnita de porque se apoderaron de ella esos desgastados listones, dispuestos con cierta premura ocultando parcialmente las ventanas. Una luz tenue se cuela por las rendijas dándole aún más ese aire sobrecogedor y mi irreverente mirada la escudriñan una y otra vez mientras desciende la colina.


El arco envejecido de la puerta de la casa ampara una
enmohecida campana que se mece suavemente con una
perturbadora repetición en el dorado cobre. 
¿Qué secretos aguardan tras ella?


Decididamente alguien me espía entre los listones puedo ver su sombra que se mueve mientras mis pasos me acercan más a su portal. Un ave torva con su chillido cerca de mí, me sorprende haciéndome gritar, luego escucho un leve chasquido que parece provenir de la puerta que ahora está entreabierta.


Mi corazón parece un pájaro en una jaula queriendo escapar. La niebla se hace más densa, el recelo se adueña de mis pasos, el murmullo del agua del río obtiene un tono ceremonial, me dejo llevar por la abstracción de lo que acontece detrás de la puerta. La cola de un gato tamborilea una danza en un viejo barandal, un tiesto de flores me pilla distraída y se vuelca sobre el mustio jardín. De dónde diablos ha salido esto, exclamo, pues nunca vi flor alguna allí.


Pensé regresar sobre mis pasos y dejar atrás lo que a mi curiosidad atezaba pero escuché una voz con lúgubre timbre que me decía: ¿Estás segura que no quieres entrar? Apenas su rostro se dejaba entrever lleno de solemnidad. Me sacudí nerviosamente el cabello del rostro, el sonido de las notas de un piano desde el interior se colaban, sus ojos casi sonreían con ironía o a mi me lo parecía, mientras sus labios tenían un rictus chocante. No era capaz de moverme, no sé cómo ocurrió pero, estupefacta y aterrada, me di cuenta que ya estaba dentro.


Un espejo roto reflejaba mi imagen distorsionada, un suave fulgor tapizaba las paredes. Sus ojos fijos me escrutaban desde la sombra de un retablo. El techo de pronto enloqueció y un número increíble de mariposas de colores descendían de él.

Traté de tocarlas con mis manos y al contacto de mis dedos se convertían en flores –debo estar soñando, pensé. El gato ahora maullaba sobre un almohadón de terciopelo púrpura y encima de él sobre la pared un reloj colgaba con la exactitud de las horas enajenadas. Frente a mí en el centro de la habitación, como un ángel con sus alas extendidas, un árbol tocaba las estrellas. Sentí que había amanecido y se lo pregunté. Él se sonrió. Me llevó a una de las paredes y vi la luna sobre la negrura del pantano brillando como una perla, el rocío que la niebla dejaba sobre el sendero, el musical suspiro de las aguas, la batalla de las aves por la rama. El paño negro del cielo azotado de la voracidad de las polillas, dejando pasar la luz de la eternidad.Todo parecía verse con extremo detalle.


Temblando, mis ojos volvieron a mirarlo con atención. Su entrecejo marcado por un recurrente gesto adornaba su frente. El rumor de su piel era cambiante, las virtudes y defectos en él yacían. Su cabellera, cuidadosamente cuidada, parecía una golondrina al vuelo. El agua ahora corría bajo mis pies, brillantemente iluminada como un tapiz en un palacio. Comencé a reír abrumada por el esplendor. Le dije usted no es humano él sonrió y dijo: Tú tampoco desde que entraste a la casa que no necesita ventanas.

Xiomara Beatriz