lunes, julio 20
En la linea de los versos.
lunes, julio 13
Madame Deseo.
Laura Zalenga.
El viento hace chirriar el letrero del bar que baila sobre sus oxidadas argollas. El barullo de voces y lastimosas risas se escupen desde la entrada, confundiéndose con el inaudible tintineo de las copas que se frotan sobre la pulida madera y, en cuyo interior, rebosa el secreto de la promiscua alegría. Mientras, la tarde se encoge manchada de oro y sangre en el horizonte con gran elocuencia.
Una pareja goza sin pudor de la ansiedad de sus cuerpos retorcidos de deseo sobre el lomo de una silla. Un corpulento hombre como una gran roca se abre paso entre la multitud mal iluminada. Sus ojos añil parecen no tener alma. Se cruzan con los míos. El jadeante cántico del río acariciando la belleza que fecunda la ventana, me distrae, haciendo que me olvide del decadente decorado que tras ella se exhibe.
Advierto entonces la pesadilla que se agita, estirando sus demonios sobre sus piernas, incitando tentaciones a quienes le miran. Un rayo despierta inicuos ángeles. Intento huir de sus odiosas fanfarrias, pero su repetido eco todo lo invaden. Una mano me detiene. Me sobrecoge la belleza de su varonil rostro y sus sarcásticos ojos perturban mi alma. Intenta atraparme en su abrazo, mientras al amor blasfema. Oleadas de arrebato despiertan al maléfico súcubo que ahora empuña con fuerza sobre él su venganza.
Se escapa un grito. No sé bien de donde proviene. Si de mis labios o de los suyos. Sus pupilas ardientes se van poblando de nuevo de tinieblas. Logró escapar de su mano que aún a mí se aferra. En la huida tropiezo con ella, que con espanto me mira con sus grandes ojos, pero luego parece perder fuerza y cae desplomada en la roja alfombra, donde una mancha apenas todo lo delata. Mientras los espejos danzan sobre la balanza. Miro hacia abajo los espejos rotos que la delatan, devorando la realidad en la que ella se balancea.
La maldiciente luz del farol parece desvanecerse a lo largo de la calle del opio. Un abrumador sosiego va amortajando la gruta que antes voluptuosamente pedía calma. Ignoro al sombrío mendigo que reclama su dádiva al ver en mi rostro la gozosa expresión del reciente extravío. Me asfixia la pomposa noche exhibiendo el reluciente broche que imitar al sol pretende, mientras los consumidos adoquines con mis pasos resuenan. Intentó escapar del infame fulgor que, como un dedo acusador, me señala. Igual que un animal temeroso me arrimo a la resguardada esquina. El acre aroma de agotamiento de mi cuerpo aún emana de mí. Solapadamente, saco el espejo dentro de las sombras. Camino unos pasos más. La calle está desierta. El silencio es testigo de mi angustiante respiración, cuando en el reflejo vuelvo a encontrarme a la ¡Maldita Beata! Que persigue mis días.
Xiomara Beatriz
viernes, junio 19
El ojo que todo lo crea.
Si mi mente es lo que es
y el artificio por ella puede ser creado
voy a construir una cabaña salpicada de auroras
donde el esférico mundo ignorante de su destrucción
busque seguir el bucle del pincel donde florece el arte
y las geometrías se aturden ante el ardiente deseo
que ante ellas desembarca.
Un mundo que debe ser pintado de nuevo
donde el ruido irracional a lo lejos al ciervo no lo asuste
ni el vagar del oso salvaje con su gran corpulencia
siga formando inquietas sombras en la ventana
donde las ilusiones recopiladas en descosidas nubes
en su desconsuelo no acuchillen la tierra con su llanto
Las garras del águila en elipse vertiginosa me toma
emprendemos el vuelo de una partícula a otra
alejándome de los hambrientos lobos que aúllan
en el extravió sobre la vieja corteza donde se enrollan
Y es que la eternidad es una carta sellada
por encima de la cabeza de la gata que mira las galaxias
donde los geranios se incorporan a la metamorfosis
vistiendo de aromas la fábula del divino pensamiento
ya da igual si la tierra es plana o redonda
pues el ojo que todo lo crea
todo lo puede crear a su antojo .
Xiomara Beatriz
jueves, junio 4
La lejana palabra.
Oscurece el día
el azul es sepultado
bajo la victoria de negros nubarrones
mis pies se aferran al suelo
pero la blasfemia se precipita
y los declara impuros
Intento huir rápidamente
dejando pedazos de mi nombre
en los jardines sin auroras
la que no fui golpea con furia al destino
¿Dónde te has ido? Con tu gran elocuencia
la lejana palabra fornica con mi muerte
y me devuelve la vida.
Xiomara Beatriz.
lunes, marzo 30
Los aromas de la Nouvelle-Orléans
Se abre la bisagra de la calle, donde se proyecta la sangría de codiciosos marchantes. Las rosadas bocas cosechan el deseo sonriente de ofertas, mientras el cómplice viento gira sus encarnados vestidos como alas del sol, cautivando así el incordio de las insaciables lujurias que por allí deambulan. El vértigo en la oblicua caída de mí se apodera. Cuando una bicicleta en acelerado escape embiste mis pasos. Un dolor agudo me sacude la garganta viva que estaba enmudecida. El cielo está curiosamente abierto. Resuenan voces con rostros imperceptibles a mi alrededor. Un hilo de sangre cuelga de mis labios. Mis manos buscan el mediodía a tientas. Una mano extrañamente descortés me levanta y me sujeta forzosamente a él. Mi corazón no se sosiega; abro y cierro mis ojos queriendo despertar de la pesadilla. Una lágrima dulce ansía calmarme. Todo se mueve como en un féretro con ruedas.
El aroma de las callejuelas del Vieux Carré se cuela mientras transito a ciegas bajo la engañosa tutela. Percibo el veneno que escupen los antiguos desagües de la ciudad, el particular tufo a tabaco que vomitan en sus esquinas. La cocina exhala el olor de aceite requemado bañado de azúcar. Escucho los modismos de las engreídas enaguas que se ofrecen en las ilusorias casas de menudeo humano. Ahora me encuentro cerca de las turbias aguas del río, habitadas por espectros inmundos. Una obscena náusea se apodera de mí, apresada al que gesta mi intempestiva esclavitud. Atroces carcajadas zarandean el tormento donde ahora llego. "No te encabrites, gata callejera", me gritan, mientras se suelta la sujeción a la orilla y las aguas soplan su habitual movimiento. Y es cuando, cerca de mí, en un apenas iluminado lugar, siento al trastornado niño sobre un charco amarillo que llora sin parar. Queriendo escapar de la corbata de Belcebú que ahora nos ata, mientras el mortecino mundo donde antes vivíamos se aleja. Allí donde el infierno se viste falsamente de paraíso. ¿A dónde nos llevará esta infausta tuerca del destino?
miércoles, marzo 4
Pabellón Wisteria.
El sol le canturrea al azul embelleciendo el cielo sobre el demacrado mundo. El viento ausente está retenido como una flecha en el arco. Las calles esperan con impaciencia los pasos. La doble tela de la vidriera me impide ver el rostro que me mira. La ciudad huele a miedo a pesar del éxtasis de la música. En la esquina se levantan unas sombrillas como un hermoso remolino de colores que avanza hacia una majestuosa puerta de hierro. Veo pasar el viejo corcel que tira pesadamente una carroza, llevando sobre si el cuerpo sin sufrimiento. En el terciopelo añil que lo cubre, un dorado cordel se escapa, arrastrándose sobre el asfalto, intentando aferrarse a este mundo para siempre.
Y me invade el deseo de seguir la procesión. Me contagian los bailarines cuando sus pies se sacuden. Van tintineando sus collares como si quisieran del eterno sueño poder despertarle. Como viejos alfabetos, las espuelas resuenan en el empedrado camino. Una mujer se apoya tambaleante ante las altas edificaciones como si fueran muertos alzados enharinados de cal. En su piel lleva la noche y en su desconsuelo, su espalda pegada al paredón gimiendo no poder seguir viviendo sin él. A sus labios una media luna se acerca con un líquido que la hace revivir. La coloración amarillenta de la tarde ha conquistado el declive de los rostros. Se estrella el metal contra la tierra cubriendo la pulida madera. Se mira con el rabo del ojo la grieta abierta que destruye sueños. Resplandece el rostro del quién debajo del monóculo lleva la nube del olvido.
Una sombra sin historia se acerca empañando todo con su apariencia. Sus dientes color marfil sonríen mientras las rosas con frenesí en el montículo se amontonan. Golpean en las sienes el clamor del reloj que destruye sus números ante su presencia. La música ahora es un embudo que todo lo devora: los parasoles, el alfabeto, el azul al cual intento aferrarme, la luz que se agota y el confuso ojo debajo del monóculo que me mira.
La locura se ha apoderado de mí. Una brillantez fosfórica incendia el ambiente. Anémonas de luz flotan por doquier. La primavera es un mar cuyas olas van al son de lejanas campanadas que el viento dirige. El lirio grita su aroma cuando te acercas. El ojo detrás del monóculo vuelve a tener su luz original . Sonríes y exclamas ¡TODO ESTO ES UN ESPEJO! ¿Qué has visto en él?
Y respondo:
Te veo a ti
en este silencio perfecto,
ausente de formas,
repleto de tu imagen presentida
del grito de vida que exhalas.
Te veo a ti y es todo
lo que necesito.
Y cuentan que aún muchos escuchan
nuestras voces en el pabellón Wisteria.
Xiomara Beatriz.





