viernes, junio 19

El ojo que todo lo crea.

Harding Meyer.

Si mi mente es lo que es

y el artificio por ella puede ser creado

voy a construir una cabaña salpicada de auroras

donde el esférico mundo ignorante de su destrucción

busque seguir el bucle del pincel donde florece el arte

y las geometrías se aturden ante el ardiente deseo

que ante ellas desembarca.


Un mundo que debe ser pintado de nuevo

donde el ruido irracional a lo lejos al ciervo no lo asuste

ni el vagar del oso salvaje con su  gran corpulencia

siga formando inquietas sombras en la ventana

donde las ilusiones recopiladas en descosidas nubes

en su desconsuelo no acuchillen la tierra con su llanto


Las garras del águila en elipse vertiginosa me toma

emprendemos el vuelo de una partícula a otra

alejándome de los hambrientos lobos que aúllan

en el extravió sobre la vieja corteza donde se enrollan


Y es que la eternidad es una carta sellada

por encima de la cabeza de la gata que mira las galaxias  

donde los geranios se incorporan a la metamorfosis

vistiendo de aromas la fábula del divino pensamiento

ya da igual si la tierra es plana o redonda

pues el ojo que todo lo crea

todo lo puede crear a su antojo .



Xiomara Beatriz



jueves, junio 4

La lejana palabra.

Jessica Drossin


Oscurece el día 

el azul es sepultado

bajo la victoria de negros nubarrones

mis pies se aferran al suelo 

pero la blasfemia se precipita 

y los declara impuros


Intento huir rápidamente 

dejando pedazos de mi nombre

en los jardines sin auroras

la que no fui golpea con furia al destino

¿Dónde te has ido? Con tu gran elocuencia 

la lejana palabra fornica con mi muerte

y me devuelve la vida.


Xiomara Beatriz.


lunes, marzo 30

Los aromas de la Nouvelle-Orléans


    
   Andrea Kiss.

El ojo del gato me sigue a través del óxido del antiguo portón de hierro. Observo a los enamorados en el callejón que encienden el verano sobre la rústica banca que el tiempo ha consumido. Entre tanto, el sonajero de la primavera aún retumba en los árboles con un diluvio de savia que con ímpetu se expresa. La ciudad es canto de sirena que engancha; me dejo llevar por su hechizo. Un ángel con ojos entornados al cielo engalana la columna santificada, donde un borracho sosegadamente pernocta intentando escapar del madrugador rayo que intenta despertar su ceño sombrío. La lírica de lo callado se expresa. Tropiezo con el asedio de los cuerpos ardiendo en fiebre, queriendo acariciar el tan soñado Edén. Un niño extraviado llora ante un búcaro de miradas, buscando la bien conocida.

Se abre la bisagra de la calle, donde se proyecta la sangría de codiciosos marchantes. Las rosadas bocas cosechan el deseo sonriente de ofertas, mientras el cómplice viento gira sus encarnados vestidos como alas del sol, cautivando así el incordio de las insaciables lujurias que por allí deambulan. El vértigo en la oblicua caída de mí se apodera. Cuando una bicicleta en acelerado escape embiste mis pasos. Un dolor agudo me sacude la garganta viva que estaba enmudecida. El cielo está curiosamente abierto. Resuenan voces con rostros imperceptibles a mi alrededor. Un hilo de sangre cuelga de mis labios. Mis manos buscan el mediodía a tientas. Una mano extrañamente descortés me levanta y me sujeta forzosamente a él. Mi corazón no se sosiega; abro y cierro mis ojos queriendo despertar de la pesadilla. Una lágrima dulce ansía calmarme. Todo se mueve como en un féretro con ruedas.

El aroma de las callejuelas del Vieux Carré se cuela mientras transito a ciegas bajo la engañosa tutela. Percibo el veneno que escupen los antiguos desagües de la ciudad, el particular tufo a tabaco que vomitan en sus esquinas. La cocina exhala el olor de aceite requemado bañado de azúcar. Escucho los modismos de las engreídas enaguas que se ofrecen en las ilusorias casas de menudeo humano. Ahora me encuentro cerca de las turbias aguas del río, habitadas por espectros inmundos. Una obscena náusea se apodera de mí, apresada al que gesta mi intempestiva esclavitud. Atroces carcajadas zarandean el tormento donde ahora llego. "No te encabrites, gata callejera", me gritan, mientras se suelta la sujeción a la orilla y las aguas soplan su habitual movimiento. Y es cuando, cerca de mí, en un apenas iluminado lugar, siento al trastornado niño sobre un charco amarillo que llora sin parar. Queriendo escapar de la corbata de Belcebú que ahora nos ata, mientras el mortecino mundo donde antes vivíamos se aleja. Allí donde el infierno se viste falsamente de paraíso. ¿A dónde nos llevará esta infausta tuerca del destino?

Xiomara Beatriz.

miércoles, marzo 4

Pabellón Wisteria.

Eugene Atget


El sol le canturrea al azul embelleciendo el cielo sobre el demacrado mundo. El viento ausente está retenido como una flecha en el arco. Las calles esperan con impaciencia los pasos. La doble tela de la vidriera me impide ver el rostro que me mira. La ciudad huele a miedo a pesar del éxtasis de la música. En la esquina se levantan unas sombrillas como un hermoso remolino de colores que avanza hacia una majestuosa puerta de hierro. Veo pasar el viejo corcel que tira pesadamente una carroza, llevando sobre si el cuerpo sin sufrimiento. En el terciopelo añil que lo cubre, un dorado cordel se escapa, arrastrándose sobre el asfalto, intentando aferrarse a este mundo para siempre.


Y me invade el deseo de seguir la procesión. Me contagian los bailarines cuando sus pies se sacuden. Van tintineando sus collares como si quisieran del eterno sueño poder despertarle. Como viejos alfabetos, las espuelas resuenan en el empedrado camino. Una mujer se apoya tambaleante ante las altas edificaciones como si fueran muertos alzados enharinados de cal. En su piel lleva la noche y en su desconsuelo, su espalda pegada al paredón gimiendo no poder seguir viviendo sin él. A sus labios una media luna se acerca con un líquido que la hace revivir. La coloración amarillenta de la tarde ha conquistado el declive de los rostros. Se estrella el metal contra la tierra cubriendo la pulida madera. Se mira con el rabo del ojo la grieta abierta que destruye sueños. Resplandece el rostro del quién debajo del monóculo lleva la nube del olvido.


Una sombra sin historia se acerca empañando todo con su apariencia. Sus dientes color marfil sonríen mientras las rosas con frenesí en el montículo se amontonan. Golpean en las sienes el clamor del reloj que destruye sus números ante su presencia. La música ahora es un embudo que todo lo devora: los parasoles, el alfabeto, el azul al cual intento aferrarme, la luz que se agota y el confuso ojo debajo del monóculo que me mira.


La locura se ha apoderado de mí. Una brillantez fosfórica incendia el ambiente. Anémonas de luz flotan por doquier. La primavera es un mar cuyas olas van al son de lejanas campanadas que el viento dirige. El lirio grita su aroma cuando te acercas. El ojo detrás del monóculo vuelve a tener su luz original . Sonríes y exclamas ¡TODO ESTO ES UN ESPEJO! ¿Qué has visto en él?

 

Y respondo:

Te veo a ti

en este silencio perfecto,

ausente de formas,

repleto de tu imagen presentida

del grito de vida que exhalas.

Te veo a ti y es todo

lo que necesito.

Y cuentan que aún muchos escuchan

nuestras voces en el pabellón Wisteria.


Xiomara Beatriz.



lunes, febrero 23

La belleza sobrevivida.


Maria Maristani.



          El polvo se muere de tedio en la repisa
         continua el vacío donde debe estar tu fotografía
         como un ruiseñor la tetera canta cuando el hervor se asoma
         sobre la piel mojada una bata blanca se abraza
         afuera las hojas se han ido en bandadas
         en la decolorada guirnalda del mardi gras una helada lágrima brota
         el invierno desde las cúspides árticas a su agonía se niega
         los fragmentos de versos por el papel alocadamente se desparraman

        Un ojo constantemente me vigila
        desde el cristal emplomado de la lampara 
        revuelvo nerviosa con una cucharilla la taza de té que de miel se perfuma 
        veo el ojo que me observa buscando atrapar en su dimensión mi mirada  
        en el florero una espina sangre gotea dándole a la mesa el tono escarlata 
        hoy el cielo es diferente, escucho el viento que muge como una vaca 
        la luz en la esquina se consume como el sueños de muertos

        La pinza del alacrán en el firmamento se ilumina
        una niña dibuja un toro en la mitad de su noche oscura
        los perros ladran en el callejón a los famélicos gatos     
        el turbio sonido de la música intenta sobrevivir al hastío de la ciudad 
        una mirada extraviada en el farol se cuelga con el veneno a cuesta 
        las magnolias a los escarabajos desean para que sobreviva la belleza  
        mientras que en la punta de los dedos a mi mundo doy vida.  


        Xiomara Beatriz 


sábado, febrero 21

La música de tus dedos.




Florian Weiler

En la buhardilla la lámpara
 charla con las páginas del libro
el invierno lucha por entrar en la ventana
la hoguera sujeta a los demonios
que se le escapan a la alfombra
 el nudo de la serpiente se desata
baja el cielo a la tierra

Ahora acércate
conjura mi soledad con tu presencia
construye un camino entre tus sombras
que sean tus ojos el fuego de un animal en celo
que tu voz se enrosque enajenando mi nuca
déjame contemplarte mientras tus dedos
 hacen música

Se disipa la niebla con tu aurora
el lastre de las vestiduras remueves
desde el ocaso subes en espiral a las cúpulas
las voces se bloquean mientras asciendes
la hora retiene sus manecillas
las siluetas la historia
en las paredes escriben
el vértigo del movimiento
el paraíso resucita
cuando la noche
 acaba.


Xiomara Beatriz