sábado, julio 18

Oasis de sueños perdidos.





La Zambelliph.

Él sospechaba que ella viajaba como serpiente, con su exuberante tono escarlata y plata que la delatora luna, a su pesar, la iluminaba. Podía escuchar cómo lentamente serpenteaba entre las envejecidas hojas que a su paso se estremecía; de vez en cuando, la imaginaba enroscada en alguna rama para observarle . En cuanto la luz comulgaba con el horizonte, creía escuchar el susurrante zumbido de su lengua bifurcada, igual que un arroyo de dos vertientes que en el mar pretenden ser vertidos. 


Un sudor frío le acosaba cuando sentía que ella se aproximaba a su refugio. Ensimismado en sus pensamientos, escuchaba de pronto cómo unas ramas secas se sacudían como dedos envejecidos atrapados en el tiempo contra el cristal de la ventana, haciéndole sobresaltar. El silbido de la brisa colisionaba con fuerza contra el tosco relieve de las paredes de piedra y se colaba por los agujeros, dándole ese inquietante sonido espectral.


Se acerca a la ventana; la luz de la vela refleja su rostro en el cristal, otorgándole el ultraje de la distorsión. Alterado, da dos pasos hacia atrás, vacila, su torso se curva, da inciertos intentos de no caer, hasta que consigue alcanzar de nuevo la ventana. La abre de par en par y un altanero resuello, a los atónitos cortinajes, con estupor los eleva de la sombría prisión de la ventana que aún los entorpece.


Sus ojos se entrecierran, intentando delinear las desdibujadas formas que clandestinamente se refugiaban en el manto negro de la noche, detrás de él, castañea la puerta de un escaparate; la vela alarga las sombras que flotan de forma espeluznante sobre las rancias paredes, mientras él busca desesperado los penetrantes ojos que lo siguen observando desde el recodo de un adusto tallo.


El jardín exhala su savia; los ruidos nocturnos sólo son percibidos por agudos oídos. El viento gira sobre una multitud de agotadas hojas que yacen sobre la humildad de la tierra, brindándoles las últimas exhalaciones de sus encopetados colores. Comienza a llover; se alivia a pesar de la gota que cae de la techumbre con chocantes e intermitentes golpeteos sobre la agreste mesa. Pero como alas batientes de ave agónica, le golpeaba el corazón dentro del pecho, a pesar de saber que ya no va a compartir su soledad: los intrusos seguramente se resguardarán de la borrasca que ya todo azota incesantemente.


Sentado cerca del fuego, vuelve a cavilar sobre como fue a dar allí luego de su huida de la inhóspita ciudad que lo asfixiaba con sus zalameros trinos, de la vacuidad compartida en medio del ruido cotidiano, extenuado de merodear ataviado de un eterno carnaval, mirándose siempre su propio ombligo como atormentado tábano que la fatuidad ha conquistado. Había escapado desesperadamente de todo ello. Buscaba convertir su voz en filamentos de tinta sin pronunciar sonido alguno, alejado de todo lo que le flagelaba: como el lenguaje violento en los rostros del metro, las esquinas colmadas de llantos retenidos con los que a menudo tropezaba, de las voces opacas que en los bares se endiosan al vaciar el contenido del jarro que burbujeaba que se extingue en un último estertor espumoso en las gargantas ajenas a él.


Siempre anhelando el aislamiento del mundo, en busca del absoluto silencio que apaciguara los fétidos recuerdos que lo arrastraban a las miserias de su vida. Un nombre, como un conjuro susurraba en la penumbra, reverbera en su mente con la insistencia de un eco interminable. ¿Era ella la serpiente escarlata que imaginaba enroscada en las ramas, con su lengua bifurcada probando el aire cargado de lluvia? En las noches de la ciudad, Ella había sido su musa y su tormento: una mujer de ojos penetrantes como dagas plateadas, labios rojos como la sangre de un atardecer herido, y una gracia sinuosa que serpenteaba por las multitudes como un río subterráneo. La había conocido en un bar de luces mortecinas, donde las voces opacas se elevaban en un coro de falsas epifanías y él embriagado por su presencia, había creído encontrar en ella el antídoto a su vacuidad. Pero ella no era salvación; era veneno envuelto en seda, una devoradora de almas que lo había arrastrado a las profundidades de pasiones prohibidas, de promesas rotas que se pudría en las alcantarillas de su memoria.

 

La otrora citadina vida que creyó perfecta ahora adquiere otro barniz más profundo y sorprendente: un velo de verdades desnudas, donde las ilusiones se disipan como humo de cigarrillos en un callejón olvidado. Aquí, en esta cabaña que cruje como un esqueleto bajo el peso de la tormenta. Huiría de ella, o eso se decía, pero en el silencio de este refugio, su sombra lo acechaba con mayor ferocidad. El fuego en la chimenea parpadea erráticamente, seguía proyectando siluetas que se contorsionaba como recuerdos revividos: la curva de su espalda bajo la luna urbana, el susurro de su voz como hojas secas raspando el pavimento, el destello de sus ojos en la oscuridad, y ella observándole desde el recodo de un adusto tallo imaginario. 


¿Acaso habría seguido su rastro hasta aquí, atraída por el aroma de su debilidad? El fuego crepita en la chimenea, proyectando danzas de luces que se retorcían como almas en agonía. Fuera, la lluvia se intensificaba, ahora era un diluvio que lavaba la tierra y ahogaba los susurros del viento. Él se levantó, atraído por un impulso irracional, y se acercó de nuevo a la ventana. El cristal, empañado por su aliento, revelaba solo fragmentos del jardín: un laberinto de tallos retorcidos , hojas que se agitaban como alas de mariposas moribundas. Y entonces, en el corazón de la tormenta, la vio —o creyó verla—: un destello plateado, un movimiento sinuoso que se fundía con la oscuridad. El zumbido de la lengua bifurcada resonó de nuevo en su mente, no como un arroyo, sino como un río de veneno que lo arrastraría hacia el abismo.


Con el corazón latiendo como un tambor de guerra, cerró la ventana de golpe, arrancándole la libertad con sus manos temblorosas. Se dejó caer en la silla, exhausto, y tomó la pluma una vez más. Si la serpiente venía por él, que lo encontraría no como presa, sino como narrador de su propia caída. Las palabras fluirán como filamentos de tinta que tejerían su redención o su epitafio.



Xiomara Beatriz.