¡Cantan! las campanas de viento. Los repiqueteos como insectos agrupados con su melodía la puerta casi se derriba. Desnuda la masa reposa sin pudor sobre el mesón aturdida de levadura, mientras una nube blanca como una garza vuela escapando por el tragaluz al comenzar la jornada.
Miro la sonrisa franca que me saluda al pasar por el ventanal hacia el patio. Me fijo en sus dientes dañados bajo sus labios gruesos donde refulge con orgullo un diente de oro, mientras una radio se acerca a su oreja. Amé este lugar desde la primera vez,
cuando descubrí la fuerza con que me engullía en sus sensaciones. Pero ahora una extraña atmósfera flota haciéndome sentir con un frecuente sobresalto.
Imposible decir cuando comencé a percibirlo. Quizás desde que esa extraña ráfaga me sorprendió una noche, golpeando fuertemente la ventana contra la pared, haciendo que un desquiciado palpitar se apodera de mí, con la cabeza ligeramente levantada. Busqué en medio de la oscuridad de donde venían esos pasos que se escapaban hacia la puerta. Las bisagras enmohecidas chillaron por un instante, pero no vi que puerta alguna se abriera. Esa noche el rayo de la luna bullía en la cúpula de todas las cosas. Apreté mis ojos con fuerza, recitando de memoria viejas plegarias que sólo se asomaban a mis labios en momentos de angustia.
Decidida a descubrir lo que me atormentaba, me dispuse a subir al ático. Al llegar, una sombra entre las sombras se movió, emitiendo un pequeño gemido. Volví la cabeza con premura. ¿Quién está ahí? ¡Maldita oscuridad!, exclamé, tratando de alumbrar el espacio. Mi respirar se vio acompañado de otro a mi espalda. La oscuridad comenzó a agonizar dando paso a la aurora y en ese preciso instante mis ojos se clavaron en el espejo donde el cielo, al desnudarse de tinieblas por un segundo, delataba un difuso rostro detrás de mí. Bajé con premura y cerré la compuerta con brusquedad con los latidos aturdiendo mi pecho.
¿Qué puedo hacer? Debo tranquilizarme, mientras un libro se ponía en su lugar temiendo que algún volumen se saliera de su lugar como cuervo acallando a su rival. De pronto una voz como de viento brotó de una esquina musitando: ¡Ciertamente no puedes hacer nada! Nerviosa pensé que había perdido la cordura. No puedo haber escuchado eso, es imposible. Un leve ruido llamó mi atención y me dirigí al ventanal de la cocina. Con sus manos ajadas y temblorosas, sostiene una cesta de frutas. Escupía las eses lentamente al hablar. Yo bien le conocía. Solía saludar cada día con esa aura de simpatía. Él me preguntó qué me sucedía, porque en mi lívida cara se dibujaba el espanto. Le conté los últimos acontecimientos y él volvió a sonreír. Su pipa cayó al suelo sin gesto alguno de querer atraparla a causa de una carcajada. Y me dijo: Veo que ya usted ya ha conocido al Mayordomo de la casa.
Luego comenzó a relatar la historia del mayordomo que nunca quiso abandonar la casa muriendo en ella mucho tiempo atrás. E intentaba calmarme, bromeando sobre el asunto y al final me dijo: Ya te acostumbraras .Al día siguiente, no lo vi pasar como cada mañana y procedí a visitar a mi vecina, que es donde él trabajaba como jardinero. Ella me recibió con cortesía y, luego de una breve
charla, le pregunté sobre el jardinero, que para ella trabajaba.Me miro nerviosa y pregunto: ¿De qué jardinero hablas? Hace tiempo que no tenemos uno. Confundida le describí a ser tan afable que cada día me saludaba y de su reluciente diente de oro que daba luz a su sonrisa. Se contuvo unos minutos, me miró consternada. Y dijo: sabes, ese que describes fue jardinero de esta casa, en la época en que mis abuelos la habitaban.
Me inquieta el reloj en medio de la multitud redoblando su poderoso tic tac. Siento que unos ojos me vigilan constantemente, no alcanzo a verlos, pero en mi nuca se posan. Una mesa se sobresalta cuando las cartas del destino decretan. El olor a tabaco sobresale en el callejón donde el gato dormita, mientras las notas de jazz alejan la muerte. La multitud me arrastra a la derecha, luego a la izquierda. No sé bien a donde voy o a donde me lleva la muchedumbre. No creo que ella tampoco lo sepa. El tacón de un zapato se clava en una alcantarilla. Un vaho demoníaco de ella se desprende, se marchita una sonrisa atrapada en una pipa y corre a socorrerme. –Suele pasarle a chicas como usted. Mientras el tobillo sostiene, admiro la hebilla de sus zapatos relucientes como una estrella y la perfecta simetría de su rostro moreno, pero el mundo no se detiene. Logra zafar de su cárcel el zapato y con una reverencia se despide. Una mujer llena de anillos su falda levita como un campanario y me susurra, si sabes lo que te conviene ¡Vete!
A los lejos, se aprecia los barcos borrachos en la corriente que el río mece. Un hombre con voz celestial canta mientras suicidas de la luz tratan de atraparlo con asombrosa exultación. El tipo de doble papada vuelve a mirar el reloj. Me crispan los nervios su mirada cada 5 minutos a esas rebeldes manecillas. El frío calienta los huesos a pesar del grueso gabán. Me encantan las formas labradas de las barandillas de las terrazas, que transitan sobre nuestras cabezas. La gente casi desmaya cuando advierten el desfile de sombrillas danzantes cerca del tranvía con el espíritu del blues en sus gargantas. En mil rincones se abarrotan dando el espectáculo más vital, pero a pesar de la algarabía se respira una angustiosa soledad en la mayoría de las almas, que pretenden repararla con música y cócteles en la calle del pecado. Allí se desdibuja torpemente los cuerpos bajo los inquietantes faroles. Una breve cintura en silencio yace debajo de adulterados pechos. El verso de dolor invita con premura a obtener efímero placer por unas cuantas monedas: huelen aún a miel de arce, en las manos que seducen en la esquina.
La torre comienza a dar sus campanadas en medio de la confusión. Una tetera la acompaña como un ente vivo que en alguna cocina silba. Justo en ese momento el tacón cede. El tranvía, ajeno a mi desgracia, aprisa pasa antes de caer, una mano. Mi cuerpo encierra, siguen las campanadas, una, dos, tres…el sonido no termina. La terrible escena aún me hace temblar al recordar el roce de ese hombre. ¿Cómo describirlo? Pareciera que se iba consumiendo el cielo al tocarlo. El desbalance me hizo fijarme en sus ojos negros como un pozo sin fondo. Su tez blanca como la clara de huevo al ser hervida, bajo su negro frac, resaltaba. El gato al verlo se alejó de él igual que si oliera a una seta venenosa. El mundo de los muertos exhalaba al tocarlo y el vacío habitaba en la sonrisa que me regalaba. Mientras mi cuerpo sostenía, aquellos ojos negros como bolas de billar estaban hambrientos de luz. Su mirada intensa era como un puñal que destruía y se burlaba de la herida que propinaba. Me separe bruscamente de su abrazo como del aguijón de una avispa. La máscara que antes sostenía volvió a su cara y regresó a confundirse bailando con la multitud, mientras mi sangre presa de terror aun sacudía mi cabeza. La torre, en su última campanada, con furia al cielo clamaba y fue cuando él volteó la cabeza a mirarme de nuevo. Susurró algún día serás mía, mientras la cola de su carnavalesco traje de diablo alegremente discurre entre el frenesí de la calle Bourbon.
El aroma a violetas ondula en la soledad del camino, sobre la orilla del río yace la agonía de la tarde. El vuelo de las aves se adelgaza en el horizonte como recuerdos melancólicos. Ese hábito de ir a rendir tributo diario al caso no puedo remediarlo, la luz se esparce con tonos rojizos con una descarada opulencia que me cautiva. Distingo el árbol fulminado por el tiempo que exhibe su tragedia en sus ramas, como largos dedos disecados, queriendo atrapar la vida de nuevo mientras una nivea barca como espectro sin consuelo flota enajenada en la cetrina corriente. Allí es el único lugar donde no me siento extranjero.
Se acelera la noche y la luz de los faroles denotan una ligera neblina y comienzo el regreso a casa. Experimento de nuevo esa angustiosa sensación de ser observada cuando atravieso la vereda aislada donde está la casa que no tiene ventanas. Siempre viene a mi mente esa incógnita de porqué se apoderaron de ella esos desgastados listones, dispuestos con cierta premura ocultando parcialmente las ventanas. Una luz tenue se cuela por las rendijas dando aún más ese aire sobrecogedor y mi irreverente mirada la escudriñan una y otra vez mientras desciende la colina.
El arco envejecido de la puerta de la casa.
Ampara una enmohecida campana
Que se mece suavemente con una
Perturbadora repetición en el dorado cobre
¿Qué secretos guardan tras ella?
Decididamente alguien me espía entre los listones puedo ver su sombra que se mueve mientras mis pasos me acercan más a su portal. Un ave torva con su chillido cerca de mí, me sorprende haciéndome gritar, luego escucho un leve chasquido que parece provenir de la puerta que ahora está entreabierta. Mi corazón parece un pájaro en una jaula queriendo escapar. La niebla se hace más densa, el recelo se adueña de mis pasos, el murmullo del agua del río obtiene un tono ritual, me dejo llevar por la abstracción de lo que acontece detrás de la puerta. La cola de un gato tamborilea una danza en un viejo barandal, un tiesto de flores me pilla distraída y se vuelca sobre el mustio jardín. De dónde diablos ha salido esto, exclamó, pues nunca vi flor alguna allí.
Pensé regresar sobre mis pasos y dejar atrás lo que a mi curiosidad atezaba, pero escuché una voz con lúgubre timbre que me decía: ¿estás segura que no quieres entrar? Apenas su rostro se dejaba entrever lleno de solemnidad. Me sacudí nerviosamente el cabello del rostro, el sonido de las notas de un piano desde el interior se colaba, sus ojos casi sonreían con ironía o así me lo parecía, mientras sus labios tenían un rictus chocante. No era capaz de moverme, no sé cómo ocurrió, pero estupefacta y aterrada, me di cuenta que ya estaba dentro. Un espejo roto reflejaba mi imagen distorsionada, un suave fulgor tapizaba las paredes. Sus ojos fijos me escrutaban desde la sombra de un retablo. El techo de pronto enloqueció y un número increíble de mariposas de colores descendían de él.
Traté de tocarlas con mis manos y al contacto de mis dedos se convertían en flores –debo estar soñando, pensé. El gato ahora maullaba sobre un almohadón de terciopelo púrpura y encima de él sobre la pared un reloj colgaba con la exactitud de las horas enajenadas. Frente a mí en el centro de la habitación, como un ángel con sus alas extendidas, un árbol tocaba las estrellas. Sentí que había amanecido y se lo pregunté. Él se irrita. Me llevó a una de las paredes y vi la luna sobre la negra del pantano brillando como una perla, el rocío que la niebla dejaba sobre el sendero, el musical suspiro de las aguas, la batalla de las aves por la rama. El paño negro del cielo azotado de la voracidad de brillantes polillas, dejando pasar la luz de la eternidad a través de ellas. Todo parecía apreciarse con extremo detalle.
Temblando, mis ojos volvieron a mirarlo con atención. Su entrecejo marcado por un gesto recurrente adornaba su frente. El colorido cuchicheo de su piel era cambiante, las virtudes y defectos en él yacían. Su cabellera, cuidadosamente cuidada, parecía una golondrina al vuelo. El agua ahora corría bajo mis pies, brillantemente iluminada como un tapiz en un palacio. Comencé a reír abrumada por el esplendor. Le dije usted no es humano él sonoro y dijo: tú tampoco desde que entras a la casa que no necesita ventanas.