jueves, agosto 6

El hombre del espejo



                                             Metin Demiralay.


Me miro al espejo. Los ojos, perplejos, buscan la rigurosa boca dormida y continúan navegando, lentamente, sobre el lago de cristal que todo lo refleja sin llegar a hacerlo tangible. Se deslizan por sus temerarios caudales, donde lo prosaico y lo erudito conviven como si jamás hubieran sido opuestos.


Las precipitadas letras despiertan, ansiosas por volver a penetrar la corteza del árbol del que nacieron, ese que aún las alimenta desde la profundidad de su savia.


Me pregunto si, en verdad, deseo volver a navegar este río denso y oscuro para reclamarlo otra vez como el mío.


Pero incluso los brotes nacen torcidos.


Ya me has olvidado.


Tú te internaste en el bosque encantado, mientras yo seguí vagando entre senderos de ausencia, anhelando aquello que nunca me perteneció.


El chal del sol me invita a iluminar mi camino. Mi corazón se sobresalta cada vez que te recuerda; sin embargo, mi cuerpo, menguado por la espera, vuelve a huir hacia sus furtivos escondrijos.


Lejos del hombre que solo existían en el espejo.


Xiomara Beatriz

sábado, julio 18

Oasis de sueños perdidos.





La Zambelliph.

Él sospechaba que ella viajaba como serpiente, con su exuberante tono escarlata y plata que la delatora luna, a su pesar, la iluminaba. Podía escuchar cómo lentamente serpenteaba entre las envejecidas hojas que a su paso se estremecía; de vez en cuando, la imaginaba enroscada en alguna rama para observarle . En cuanto la luz comulgaba con el horizonte, creía escuchar el susurrante zumbido de su lengua bifurcada, igual que un arroyo de dos vertientes que en el mar pretenden ser vertidos. 


Un sudor frío le acosaba cuando sentía que ella se aproximaba a su refugio. Ensimismado en sus pensamientos, escuchaba de pronto cómo unas ramas secas se sacudían como dedos envejecidos atrapados en el tiempo contra el cristal de la ventana, haciéndole sobresaltar. El silbido de la brisa colisionaba con fuerza contra el tosco relieve de las paredes de piedra y se colaba por los agujeros, dándole ese inquietante sonido espectral.


Se acerca a la ventana; la luz de la vela refleja su rostro en el cristal, otorgándole el ultraje de la distorsión. Alterado, da dos pasos hacia atrás, vacila, su torso se curva, da inciertos intentos de no caer, hasta que consigue alcanzar de nuevo la ventana. La abre de par en par y un altanero resuello, a los atónitos cortinajes, con estupor los eleva de la sombría prisión de la ventana que aún los entorpece.


Sus ojos se entrecierran, intentando delinear las desdibujadas formas que clandestinamente se refugiaban en el manto negro de la noche, detrás de él, castañea la puerta de un escaparate; la vela alarga las sombras que flotan de forma espeluznante sobre las rancias paredes, mientras él busca desesperado los penetrantes ojos que lo siguen observando desde el recodo de un adusto tallo.


El jardín exhala su savia; los ruidos nocturnos sólo son percibidos por agudos oídos. El viento gira sobre una multitud de agotadas hojas que yacen sobre la humildad de la tierra, brindándoles las últimas exhalaciones de sus encopetados colores. Comienza a llover; se alivia a pesar de la gota que cae de la techumbre con chocantes e intermitentes golpeteos sobre la agreste mesa. Pero como alas batientes de ave agónica, le golpeaba el corazón dentro del pecho, a pesar de saber que ya no va a compartir su soledad: los intrusos seguramente se resguardarán de la borrasca que ya todo azota incesantemente.


Sentado cerca del fuego, vuelve a cavilar sobre como fue a dar allí luego de su huida de la inhóspita ciudad que lo asfixiaba con sus zalameros trinos, de la vacuidad compartida en medio del ruido cotidiano, extenuado de merodear ataviado de un eterno carnaval, mirándose siempre su propio ombligo como atormentado tábano que la fatuidad ha conquistado. Había escapado desesperadamente de todo ello. Buscaba convertir su voz en filamentos de tinta sin pronunciar sonido alguno, alejado de todo lo que le flagelaba: como el lenguaje violento en los rostros del metro, las esquinas colmadas de llantos retenidos con los que a menudo tropezaba, de las voces opacas que en los bares se endiosan al vaciar el contenido del jarro que burbujeaba que se extingue en un último estertor espumoso en las gargantas ajenas a él.


Siempre anhelando el aislamiento del mundo, en busca del absoluto silencio que apaciguara los fétidos recuerdos que lo arrastraban a las miserias de su vida. Un nombre, como un conjuro susurraba en la penumbra, reverbera en su mente con la insistencia de un eco interminable. ¿Era ella la serpiente escarlata que imaginaba enroscada en las ramas, con su lengua bifurcada probando el aire cargado de lluvia? En las noches de la ciudad, Ella había sido su musa y su tormento: una mujer de ojos penetrantes como dagas plateadas, labios rojos como la sangre de un atardecer herido, y una gracia sinuosa que serpenteaba por las multitudes como un río subterráneo. La había conocido en un bar de luces mortecinas, donde las voces opacas se elevaban en un coro de falsas epifanías y él embriagado por su presencia, había creído encontrar en ella el antídoto a su vacuidad. Pero ella no era salvación; era veneno envuelto en seda, una devoradora de almas que lo había arrastrado a las profundidades de pasiones prohibidas, de promesas rotas que se pudría en las alcantarillas de su memoria.

 

La otrora citadina vida que creyó perfecta ahora adquiere otro barniz más profundo y sorprendente: un velo de verdades desnudas, donde las ilusiones se disipan como humo de cigarrillos en un callejón olvidado. Aquí, en esta cabaña que cruje como un esqueleto bajo el peso de la tormenta. Huiría de ella, o eso se decía, pero en el silencio de este refugio, su sombra lo acechaba con mayor ferocidad. El fuego en la chimenea parpadea erráticamente, seguía proyectando siluetas que se contorsionaba como recuerdos revividos: la curva de su espalda bajo la luna urbana, el susurro de su voz como hojas secas raspando el pavimento, el destello de sus ojos en la oscuridad, y ella observándole desde el recodo de un adusto tallo imaginario. 


¿Acaso habría seguido su rastro hasta aquí, atraída por el aroma de su debilidad? El fuego crepita en la chimenea, proyectando danzas de luces que se retorcían como almas en agonía. Fuera, la lluvia se intensificaba, ahora era un diluvio que lavaba la tierra y ahogaba los susurros del viento. Él se levantó, atraído por un impulso irracional, y se acercó de nuevo a la ventana. El cristal, empañado por su aliento, revelaba solo fragmentos del jardín: un laberinto de tallos retorcidos , hojas que se agitaban como alas de mariposas moribundas. Y entonces, en el corazón de la tormenta, la vio —o creyó verla—: un destello plateado, un movimiento sinuoso que se fundía con la oscuridad. El zumbido de la lengua bifurcada resonó de nuevo en su mente, no como un arroyo, sino como un río de veneno que lo arrastraría hacia el abismo.


Con el corazón latiendo como un tambor de guerra, cerró la ventana de golpe, arrancándole la libertad con sus manos temblorosas. Se dejó caer en la silla, exhausto, y tomó la pluma una vez más. Si la serpiente venía por él, que lo encontraría no como presa, sino como narrador de su propia caída. Las palabras fluirán como filamentos de tinta que tejerían su redención o su epitafio.



Xiomara Beatriz.





jueves, febrero 19

La tinta de mis pensamientos.

















Se observa la blasfemia del sol 
sobre las horas que en el horizonte agonizan 
las aves huyen ante la fiesta de luces 
que comienzan a poblar el ensombrecido cielo
se escucha el flujo inagotable del río acariciando el pantano
el otoñal clima ya fustiga las copas de los árboles 
que lloriquean sus coloridas vestiduras
encima de la solitaria senda 

Las sílabas fluyen exangües de mis labios
cuando percibo a lo lejos la figura de la mística casa 
sus ascetas márgenes que con ternura me envolvían
pero el monstruo citadino me arranca de su lado
y me promete la dicha si a su fatuo vientre vuelvo
pues no entiende que yo solo la encuentro
en lecho milagroso de la naturaleza

La tinta de mis pensamientos no se extingue
va escribiendo historias mientras todo lo observo
el viento amortaja mi cuerpo con su música 
los pies dejan atrás los postigos que los atan  
se agolpa el desaliento en mi garganta
al tener que abandonar todo esto 
siempre en una eterna huida.


Xiomara Beatriz.






jueves, septiembre 18

El cáliz del amor



                                                                     Nico and Vinx.

Me hechiza el cielo plagado de antorchas,
narradoras de historias que por doquier resplandecen;
me muevo con la noche sobre la curva de la luna,
el viento a los árboles todo lo bautiza con su música.
Grito ahogadamente cuando una alucinación viene hacia mí:
¡Acércate más, más!
Retumba en mi mente al verte


Tu figura emerge como una visión que rasga mi soledad,
remolinos de emociones me despierta,
me hechiza la danza de tus gestos en la penumbra;
crepita el sol en tu mirada,
las palabras cavan un túnel en el silencio,
las flores se salpican de dicha,
como estelas del universo las ramas
en el camino se estremecen


Cánticos de aurora se agitan en mis dedos,
el misterio busca descifrar;
la combustión amenaza
bajo mi cándida mejilla,
el cáliz del amor 
reluce desbordado


Cuando el rostro se hace nítido,
se caldea el cielo de nuestras almas,
pues hemos encontrado
la llave de la cerradura del tiempo
que persiste en separarnos

Xiomara Beatriz.

miércoles, septiembre 10

El guijarro.

Masha Raymers

El guijarro en la balanza de las letras

rompe el silencio bajo la inapetente luz

de la estancia.


Las sombras de los pájaros

se acunan entre las ramas;

en el agreste paisaje sopla mi voz

y el azul cautivo del horizonte

vuelve a verme.


"Ojalá nunca me hubieras

descifrado el misterio", le exclamó.

Los áureos álamos de tu cabello

en el otoño se balancean,

y tu insondable mirada

de mis palabras huye.


Levantó la vista ahora al cielo,

donde escribo algunas profecías

con los suaves colores del arcoíris,

y las voy colgando sobre la cúspide

de una ya vencida tormenta.


La armonía de la música universal,

hecha de pensamientos, a todo da significado.

El canto de luz y amor se apodera del corazón;

al borde de un río descubro las pinceladas

del Monet tan anhelado.


Xiomara Beatriz


miércoles, agosto 20

El fallecido.



                                           Harding Meyer                                                

Hace poco abandoné mi silencio

me deje llevar por la fascinación 

de sus enigmáticas letras.


¡Ay de mí!  Aún tiemblo a enterarme 

luego que hablaba con un fallecido 

un manantial de llanto inundó mis ojos

con una lúgubre vestimenta he venido

a honrarlo.


Y me topo con la sarcástica mirada 

envuelta en la arrolladora gracia 

de tus escandalosas carcajadas 

del villano de siempre

que la muerte aún no

ha podido callar.


Xiomara Beatriz.

martes, agosto 22

El apócrifo circulo.


                                                                  Sia 

Despierto en el arcano habitáculo atiborrado de refulgentes escarabajos, cuelgo una a una las palabras en sus arqueadas astas; un trozo de ellas se arriesga y cae en el ignoto infinito. El siniestro cuervo que pernocta en la escarcha observa como en las vetustas marquesinas las quimeras revientan. A mis pies el suelo transpira sus colores como un torbellino, el hambriento pantano en su nauseabundo velo oculto con lasciva frialdad ya mis heridas embosca, en las oprimidas paredes de acertijos esculpidos. La trampa en el pretérito espejo sin piedad araña mis ojos; con la realidad donde el primitivo depredador aún acecha mi sangre, engatusando los explícitos pliegues alucinados con la pasión, y los labios con rojizo matiz parecen una nube al atardecer. El sueño finaliza su apócrifo círculo; la desnudez de la existencia tiembla a sus anchas en el cielo; la media luna permanece ahorquillada. El aroma dulzón del alba impulsa a la vida, engañando al oído con los sonidos de la quimérica primavera. Xiomara Beatriz.