martes, diciembre 9

Alma de escarcha.





                                                          Erik Witsoe

Al cerrar los ojos
otra página se escribe
una diferente realidad discurre
oigo mis pasos cerca de la brumosa ciénaga
donde existe milenarios cipreses
el viento parece gemir y a ellos acuden los cuervos
mientras la niebla devora el día con sus alas grises
en la confusión huele el otoño como azúcar quemada
unos ojos me miran hambrientos
en el descanso del poema
el ave de pasión sublevada
en la calle vacía se eleva

El miedo roza la espalda
las pisadas huecas retumban
la fría humedad con la piel choca
el rosa en su cautiverio  tiembla
el encuentro del desencuentro me adivina
y el silencio pierde la balanza
se inscribe la tristeza en el deslucido techo
la hija de nadie pierde su primavera
se enciende el invierno con el ocaso a cuesta
líquida como la tristeza convulsiona en la piedra
en la calle Bourbon por el mortal pecado no rezan

Los labios van perdiendo su luz
un soplo vagabundo no alcanza la puerta
el tren despide la siniestra sombra
la mano toma la realidad que se levanta rota
relampaguea en la esquina donde nadie espera
y en la vitrina se refleja el alma de escarcha
que con avidez ahora la viste .

Xiomara Beatriz






miércoles, noviembre 26

La presencia ausente.








Ausente tan presente
en mi ausencia,
retrato de ti
fragmentado en poemas,
se refleja en el ojo;
lo rodea un espejo
como si no tuviera rostro.
Madrugada y penumbra
lo habitan.

Mi corazón suspira
cuando se asoma la travesura,
dejando atrás la congoja.
Invocas los dioses del amor
tras la sagrada conjura de tu lengua de fuego;
el piano suena mientras acercas tus labios a los míos,
ambicionando probar el divino licor de la pasión.
Pero me abruma el lloriqueo de los luceros,
clamando su desventura al saberte
en ávido vuelo hacia mí, matutino sol.

Ausente tan presente
en mi ausencia,
en el tiempo sin tiempo,
te busco con versos alados
mientras los cipreses gimen
sus otoñales colores,
cuando la tarde envejece.

Xiomara Beatriz



viernes, noviembre 7

La casa sin ventanas .



Patty Maher.

El aroma a violetas ondula en la soledad del camino, sobre la orilla del río yace la agonía de la tarde. El vuelo de las aves se adelgaza en el horizonte como recuerdos melancólicos. Ese hábito de ir a rendir tributo diario al caso no puedo remediarlo, la luz se esparce con tonos rojizos con una descarada opulencia que me cautiva. Distingo el árbol fulminado por el tiempo que exhibe su tragedia en sus ramas, como largos dedos disecados, queriendo atrapar la vida de nuevo mientras una nivea barca como espectro sin consuelo flota enajenada en la cetrina corriente. Allí es el único lugar donde no me siento extranjero.
 
Se acelera la noche y la luz de los faroles denotan una ligera neblina y comienzo el regreso a casa. Experimento de nuevo esa angustiosa sensación de ser observada cuando atravieso la vereda aislada donde está la casa que no tiene ventanas. Siempre viene a mi mente esa incógnita de porqué se apoderaron de ella esos desgastados listones, dispuestos con cierta premura ocultando parcialmente las ventanas. Una luz tenue se cuela por las rendijas dando aún más ese aire sobrecogedor y mi irreverente mirada la escudriñan una y otra vez mientras desciende la colina.
 
El arco envejecido de la puerta de la casa. 
Ampara una enmohecida campana 
Que se mece suavemente con una
Perturbadora repetición en el dorado cobre
¿Qué secretos guardan tras ella?
 
Decididamente alguien me espía entre los listones puedo ver su sombra que se mueve mientras mis pasos me acercan más a su portal. Un ave torva con su chillido cerca de mí, me sorprende haciéndome gritar, luego escucho un leve chasquido que parece provenir de la puerta que ahora está entreabierta. Mi corazón parece un pájaro en una jaula queriendo escapar. La niebla se hace más densa, el recelo se adueña de mis pasos, el murmullo del agua del río obtiene un tono ritual, me dejo llevar por la abstracción de lo que acontece detrás de la puerta. La cola de un gato tamborilea una danza en un viejo barandal, un tiesto de flores me pilla distraída y se vuelca sobre el mustio jardín. De dónde diablos ha salido esto, exclamó, pues nunca vi flor alguna allí.

Pensé regresar sobre mis pasos y dejar atrás lo que a mi curiosidad atezaba, pero escuché una voz con lúgubre timbre que me decía: ¿estás segura que no quieres entrar? Apenas su rostro se dejaba entrever lleno de solemnidad. Me sacudí nerviosamente el cabello del rostro, el sonido de las notas de un piano desde el interior se colaba, sus ojos casi sonreían con ironía o así me lo parecía, mientras sus labios tenían un rictus chocante. No era capaz de moverme, no sé cómo ocurrió, pero estupefacta y aterrada, me di cuenta que ya estaba dentro. Un espejo roto reflejaba mi imagen distorsionada, un suave fulgor tapizaba las paredes. Sus ojos fijos me escrutaban desde la sombra de un retablo. El techo de pronto enloqueció y un número increíble de mariposas de colores descendían de él.
 
Traté de tocarlas con mis manos y al contacto de mis dedos se convertían en flores –debo estar soñando, pensé. El gato ahora maullaba sobre un almohadón de terciopelo púrpura y encima de él sobre la pared un reloj colgaba con la exactitud de las horas enajenadas. Frente a mí en el centro de la habitación, como un ángel con sus alas extendidas, un árbol tocaba las estrellas. Sentí que había amanecido y se lo pregunté. Él se irrita. Me llevó a una de las paredes y vi la luna sobre la negra del pantano brillando como una perla, el rocío que la niebla dejaba sobre el sendero, el musical suspiro de las aguas, la batalla de las aves por la rama. El paño negro del cielo azotado de la voracidad de brillantes polillas, dejando pasar la luz de la eternidad a través de ellas. Todo parecía apreciarse con extremo detalle.

Temblando, mis ojos volvieron a mirarlo con atención. Su entrecejo marcado por un gesto recurrente adornaba su frente. El colorido cuchicheo de su piel era cambiante, las virtudes y defectos en él yacían. Su cabellera, cuidadosamente cuidada, parecía una golondrina al vuelo. El agua ahora corría bajo mis pies, brillantemente iluminada como un tapiz en un palacio. Comencé a reír abrumada por el esplendor. Le dije usted no es humano él sonoro y dijo: tú tampoco desde que entras a la casa que no necesita ventanas.
 
Xiomara Beatriz

martes, octubre 7

El escándalo de tu ausencia.

                                                     


                                            Kiyo Murakami.

La medianoche cobra sentido
cuando en el filoso silencio
se agolpan tus poemas
como relámpagos,
sacudiéndose
del sueño.


Y busco tu rostro incierto
entre las palabras rotas,
en la vitrina que llora el vacío,
en el lápiz que se junta a la infancia,
desafiando la amargura
con su sonora carcajada.


Pero la magia de la luna
no ayuda cuando la soledad
del lecho picotea la mano
que, con desesperación, te busca
entre el escándalo de tu ausencia.


Y llega la aurora
con su indecente belleza
a poblar el consternado cristal
que intenta calmar las lágrimas,
volviendo a recitar con emoción
nuestros poemas de amor.

Xiomara Beatriz

sábado, septiembre 13

El eco del deseo.




Felicia Simion.

Anocheciendo, el aroma a jazmín
como mariposas negras en la oscuridad vaga.
Los ojos fijos miran la ventana que sueña;
el farol de la esquina saborea en la copa
la uva descarriada que, bajo su embrujo, tiembla.
Tu risa contagia la piel cuando la mano se acerca;
el horóscopo no acierta cuando la luna lo censura,
mientras el eco del deseo en la sangre resuena.

Se despluma la nuca
bajo la lámpara del sol de tus besos.
La colérica soledad se aparta con el aliento;
se estremece la perpleja cintura cuando la arrastras
sobre tus caderas, como si amaneciera.
La página del cielo nos observa
cuando la entretela de su lugar desaparece,
mientras los espejos, con pudor, se dan vuelta.

En la lujuriosa calle, el silencio se ausenta
cuando la sombra enloquecida penetra.
La música se enardece;
el verbo en el cuerpo se desbarata
cuando la certeza del cielo
en el caos de la noche llega.

Xiomara Beatriz


martes, agosto 5

The river house.



Miles Morgan.

Las abejas zumban como pensamientos,
anidándose en las mudas heridas.
El sol delira en su epitafio sobre el paisaje;
un barco golpea la marea, impugnando a la muerte.
Los pájaros acarrean su canto al borde de la noche;
un búho recita sobre la frágil estructura de la barda.
El canto del río, alucinado, todo lo habita;
voces de piedra y escarcha lo acompañan.

Y siento la mirada de los siglos
que roen la madera de la vieja casa.
Me conmueve la leve palpitación
que burla la inexistencia
como suaves notas de jazz,
rebasando el tiempo
que inexplicablemente
llegan a mí.

Amor y muerte,
en su vórtice centellan sin parar.
El mundo demarcado abre su candado;
la casa se apodera de mis palabras,
dispersa la niebla de sus recuerdos,
me enlaza a la raíz de su historia,
astilla estrellas en un vaso
y me da de beber.

Xiomara Beatriz



sábado, julio 12

Viajero del tiempo.


Felicia Simon
Tú no me amas ahora,
pero sé que hubo un tiempo
en que nuestro amor fue
uno de los más grandes milagros.
Ahora, tristemente desunidos
por el pájaro del presente
que nos observa bajo la orquesta
del nuevo tiempo que se nos ofrenda,
hablándonos en versos calzados
de funerarias ausencias.

Miro tu rostro sin rostro
bajo la incoherente luna.
La palabra ajena
se apodera de mi boca cosida,
que en silencio te adora.
Torbellinos de poemas hacen de puente
sin poder nosotros cruzarlos.

Eres el sueño que me atosiga
cuando la llamarada
del libro del destino nos alcanza.
¿Qué pretendes
al saturarme de tu oscuridad,
viajero del tiempo,
si no puedes alcanzarme?

Xiomara Beatriz



lunes, junio 16

Tinta coagulada.

Fernando-Gomez
                                                                                                                   El rostro en la fotografía
te mira como queriendo
descender por tus pupilas
al calor de tu alma.
Pero no es fácil besar
los labios coagulados de tinta,
dejarse envolver en la nada
a pesar de saber que existes.

El papel obstruye el sueño
mientras sigo respirando la sed
de adivinar tu semblanza
en el bulto de letras que delinean
tu tangible historia.

Los codos se hacen polvo
en la esclavitud del tablero;
fúnebres destinos anegados de sol
de forma majestuosa.

El colorido muro de la tarde
se une a la raíz de la noche,
pero yo sigo pensando
en la sombra de ti.

Xiomara Beatriz








domingo, junio 1

En el costado izquierdo de la nuca.



Brooke Shaden

Vuelve la lluvia a desfilar en el cristal,
el enamorado amante se levanta,
sintiendo aún el vivo fuego
en los iónicos balaustres del deseo.
El incienso de las sábanas se convierte en poemas;
la frase se estremece con el torbellino de las emociones.
El atavío del amor en el lecho descansa;
el murmullo del río, cual Mozart, dulcemente los arrulla,
mientras la luz de las velas se balancea
en una extraña danza sobre su pálida tela.

El vaivén de la pluma en la penumbra se desliza;
el hilo de la manta se impacienta, mientras
el espejo maldice el trueno que el relámpago agita.
Las gafas apátridas no dejan de la nariz resbalarse;
el alfabeto despierta, derrotando la virginidad.
El mundo de pronto respira en el costado izquierdo de la nuca;
sus dedos visten de primavera el talle de la cintura,
reclamando el nuevo auge de la selva
donde se hospeda la vida.

El río ya no es río:
es un desquiciado trovador
que frenéticamente se impulsa al mar.
Las almas se elevan en ardorosa entrega;
la lluvia sigue buscando la tinta negra,
mientras continúan agitando las puertas.

Xiomara Beatriz



lunes, mayo 26

Ya no estas aquí.

Noel Ozsbald.


La tarde se va desmoronando;

el tétrico nombre de la ausencia

mis labios recorren.

Serpentea la luz en la persiana,

mientras la noche,

entre los rompientes

nimbos, me interroga.

La sombra en el borde se sienta;

el tiempo con las estrellas se enreda,

y ya no estás.


En el principio, la dulce tentación

del viaje distinto causaba turbación.

Intenté el retorno al comenzar la caída,

pero mi sangre en tu latido revivió.

Ahora ya no espero nada;

la soledad en la nuca me respira,

pues ya no estás.


Xiomara Beatriz


jueves, mayo 22

Los cielos cenicientos.

 

Salvador Dali


Me despierta el canto de un búho;

sonrío porque te recuerdo.

Me asomo a la ventana:

los cielos están cenicientos;

el río transcurre en soledad.


Hace frío para ser mayo;

esta tierra es tan impredecible

como lo eres tú,

como lo soy yo.


Leyendo tus bucólicas letras,

tropiezo con las esquinas rotas

bajo el óxido de la soledad.

Se rompe el equilibrio

y caigo en tus raíces.


Un gato con el sol juega ajedrez;

aumenta el escándalo de las aves.

El tumulto me hace huir de las sílabas,

despertando el atavío

que cuelga desfallecido

luego de haber vaciado

el alma en tus versos.


Xiomara Beatriz



miércoles, mayo 14

La asfixia .


Ryohei  Hase.

 

 

Te escribo, mi buen amigo. Ya sé que he estado bebiendo por mucho tiempo, siempre me lo dices. Y por supuesto no he abandonado la pesca. Por eso te escribo, para contarte lo que me ha sucedido.

Una madrugada cualquiera, allí donde me suelo tumbar a esperar que muerda el anzuelo algún pez, el júbilo se apodera de mí, pues algo con mucha brusquedad se agita en las oscuras aguas tratando de soltarse de la caña. Intenté mantenerla con mucho esfuerzo mientras retraje la cuerda hasta que por fin logró sacar de las turbias aguas un inmenso pez. Hacía calor, amigo, debo confesar que apenas logré meterlo al bote. El cansancio me derribó por completo y, con fascinación, comencé a observar cómo se asfixiaba el enorme pez mientras bebía cerveza. Debo decir que disfruté con cierta perversidad el estruendo de su agonía hasta que el desahuciado dejó de sacudir su cola y conseguí meterlo al costal que siempre llevo.

Estoy seguro de que jamás sentí tal regocijo como cuando entré al bar del condado, ese que siempre frecuentamos. Ya sabes cómo son esos locos. El alcohol flotaba en el ambiente y la algarabía nació con mi presencia llevando el trofeo de pesca. Yo aún sentía el leve temblor de la agonía sobre su brillante cuerpo, cuando todos desfilaban para tomarse fotos. Luego decidieron que era buena idea colocarlo en el bar como trofeo perenne y allí quedó inmóvil flotando con su inmenso ojo inerte encima del gran espejo, que reflejaba viejas botellas y rostros ebrios.

Desde ese día algo me comenzó a trastornar, dirás que estoy loco y no te culpo. Al principio me ufanaba de mi hazaña en el bar, pero luego volvió la rutina para todos menos para mí, sentado allí en la silla de bar que siempre frecuentamos. Yo no dejaba de mirar el ojo de aquel pescado mientras apuraba el trago, la soledad de la órbita me acosaba. En fin, qué más da, me decía para mis adentros, es solo un maldito pez, ya sabes, para dejar de pensar en el ojo que me observaba.

—¿Qué te ocurre? **—**dijo la chica que tenía a mi lado.

—¿Por qué?

**—Bueno, estás agitado, como nervioso, no dejas de moverte en esa silla.

**—**Quizás —dije.

—¿Me invitas a un trago? —

Pero yo ni me moví, y ella se alejó desmenuzando un "bastardo" en sus labios. Todos parecían ignorar el ojo menos yo. De pronto vi que la cola comenzaba a sacudirse, emitiendo estertores e inflándose la agalla sin parar. Convencido de mi locura, intenté marcharme, pero ardía de deseos de preguntar si alguien más escuchaba ese espantoso sonido que luego penetró en mi cabeza taladrándome el sentido, volviéndose una agonía. Comencé a sentir como si me hubieran sellado en una cripta donde el aire se me acababa. Intenté correr, salir de allí, pero alguien me tomó por el brazo. Preso del vértigo, deseé poder sollozar. El eco del estertor comenzó a elevarse, subía por las paredes, así como mi dificultad para respirar, y ahora era de mi garganta de donde salían guturales sonidos, sudaba como si me hubiera dado una ducha sin alcanzar a secarme. Vi que se hizo un semicírculo de humedad en la vieja alfombra.

—¡Pronto, llamen una ambulancia! **—**escuché decir.

Antes de perder el conocimiento alcancé a ver el solitario ojo, con su detestada mirada satisfecha, y luego fue el silencio, la oscuridad de un sótano que se imponía.

**—**Por fin **—**dijo alguien que apenas distinguía.

—¿Dónde estoy?

—¿Qué me ha ocurrido?

Le costó responder mientras revisaba los valores de una máquina a la que estaba conectado.

Me miró como quien mira un milagro y sonrió. No se preocupe, tuvo un infarto, pero todo ya está controlado.

Al quinto día volví a casa, tomé el teléfono y le pedí a un compañero que fuese al bar, tomará el trofeo del pez muerto y lo quemará

, pues yo, aún aterrado, no me atrevía a volver a ver ese animal.



Xiomara Beatriz


viernes, mayo 9

El Resplandor...



Erwin Blumenfeld


En el lento sueño de mayo,
se exhalan las notas de un piano lejano.
El atardecer consume las horas,
el lirio marca el camino.
La belleza fluye suavemente.

¿Quién es?
El caminante en círculos que a sus pasos
susurraban a lo largo del camino hacia el río.
Acechando como el abismo inminente,
que profetiza una tormenta violenta
cuyo truenos lo hagan retumbar todo.

Su aliento inusual
a menudo llega hasta su nuca,
deslizándose sobre la seda vulnerable
que ahora ensordece de horror.

Las oraciones en sus labios agonizan,
pero rápidamente oye cómo crujen las bisagras
Y la presencia clandestina detrás de ella se retuerce, 
al ver cómo el resplandor del amor la abraza. 
Pues ella se ha escapado de él otra vez.


Xiomara Beatriz


martes, mayo 6

Los brazos del sol...



Metin Demiralay


En la ventana el alba como ave se posa
la noche echa jirones los azules desvela
las profundidades del río entre ellas se hablan

la primavera con su generosidad en su vuelo me toma
las veredas vestidas de memorias murmuran

Los brazos del sol del agua emergen
nadie lo observa solo mi curiosidad lo atrapa
la brisa con su audacia todo lo explora
 las hojas de emoción se estremecen
como mi voz delirando poemas
intentando escudriñar tu alma 

La luz dulcemente a un pájaro gorjea
marcando las huellas de tus letras
se cuelan entre las grietas el aroma a café
imagino las tazas sobre la mesa
el lenguaje de los dedos ansiando entrelazarse
se escucha el silbato de un barco
 como buitre cazando sueños en el aire
el calor comienza a hostigar el recorrido
las puertas del escaparate se abren
albergando el borbollón de vida
pegado al vestido .


Xiomara Beatriz


viernes, mayo 2

Palabras muertas...




Lilyan Corneli


Las paredes todo lo observan
el sol grita su edad en ellas
la cortina atrapada en su primavera queda
el río en el mar todas sus lágrimas vierte
el vino la noche consume
mientras las trovas
a la luna las roban

Representando su papel,
verano e invierno,
el erizo marca el arte con sus letras.
¿Quién entendernos puede,
bombardeando el amor en versos?
Él dice: en mí una tumba habita.
Ella, el volcán de la aurora, me enciende.
La medianoche,sigue seduciendo,
mientras la poesía avanza.

Tercos se miran
con sus febriles atavíos,
sin atreverse al abrazo.
Flota el "podría haber sido"
en las palabras muertas
que ambos bosqueja.

Xiomara Beatriz.